“Cultura es aquello que modifica la mirada”.

 

CENSURA, AUTOCENSURA Y NEGOCIO

 

Haciendo un repaso de las experiencias vividas como distribuidor y exhibidor de cine, siempre rondo en mi cabeza la pregunta de quién era el principal censor de lo que se debía exhibir al público. Por supuesto esa fue siempre una tarea que llevo a cabo algún funcionario, que muy pocas veces tenía conocimientos artísticos y por lo general respondía a intereses religiosos y/o a organizaciones que se autodenominaban estar en defensa de la moral, la familia y las buenas costumbres, y por sobre todo a indicaciones del gobierno de turno.

En Argentina tuvimos censores famosos como fue el caso de Miguel Paulino Tato, un periodista y crítico de cine argentino considerado el máximo censor de la historia del cine argentino. En seis años de gestión como Interventor del Ente de Calificación Cinematográfico, prohibió más de 700 películas. Una o dos veces a la semana pasaba por nuestra oficina y si lo veía a mi padre entraba dado que le encantaba discutir de política con él. Habían sido compañeros de estudio en el colegio secundario y por supuesto con una posición política, cultural y religiosa totalmente opuesta. Igual como era obvio nos prohibió cantidad de películas y a otras les ponía una calificación absurda para poder restringir la cantidad de público que las pudieran ver, dado que su actividad la desarrollo entre 1974 y 1980, plena dictadura militar. Tuvimos dibujos de animación con calificación de prohibido para menores de 18 años, o bien el caso emblemático de El Acorazado Potemkin que en el curso del tiempo paso por todas las categorías de calificación existente hasta llegar a la prohibición total. Por muchos años tuvimos que recurrir ante la Corte Suprema de Justicia, por una cantidad importante de títulos que, siendo totalmente prohibidos, en su gran mayoría de los casos los fallos judiciales nos fueron favorables. 

La película El Censor dirigida por Eduardo Calcagno, en 1995, es un acercamiento a la figura de un censor cinematográfico de la época de la última dictadura militar argentina (levemente inspirado en el tristemente célebre Miguel Paulino Tato).

¿Ahora bien, solo estos funcionarios eran los culpables de lo que no se mostraba? No.

Teníamos varios actores que si bien nadie los tildaba de censores funcionaban como tal. El exhibidor solo aceptaba a ciegas el material de las grandes compañías norteamericanas, las llamadas “majors”, pero con los independientes no sucedía lo mismo y ni que hablar con el material nacional. De más está decir que estos circuitos no pasaban un centímetro de cine latinoamericano muy poco europeo y nada del material más alternativo. El segundo factor que gravitaba era el distribuidor, que compraba en función de lo que podría exhibir en estas salas y a su vez que pudiera tener un fuerte apoyo de la prensa especializada. Y por último los críticos cinematográficos, que asistían a los festivales enviados por los medios locales pero que a su vez daban su parecer sobre el material que veían. Si a ellos no le gustaba la película difícilmente era comprada para este territorio. Debemos recordar que hasta hace unos años los medios gráficos tenían una sección de espectáculos que era determinante para el éxito y difusión del material.

Creo que este modelo se repitió en casi todo Latinoamérica y ha sido una de las causas de la poca difusión y exhibición del material de nuestros países, acompañado por la desidia de los gobernantes de turno.

Si bien muchos de los problemas son iguales o parecidos a los sucedidos en estos últimos cincuenta años, tiempo en el transite por este negocio, puede ser que los sobrevivientes a esta experiencia nefasta le den otro sentido al conocimiento y a las políticas culturales. Los medios tradicionales se atomizaron y comienzan a tener influencia los alternativos. En muchos casos tendrán que ser los estados los que se ocupen y preocupen por las industrias culturales propias dado que muchos productores independientes desaparecerán producto de la crisis económica. Y por último tampoco está muy claro quienes estarán en condiciones de hacer exhibiciones en salas tradicionales. Solo nos queda a nosotros la responsabilidad tener la suficiente sabiduría de saber elegir a quienes nos gobiernen y obligarlos a poner en funciones las acciones culturales que nos eviten los errores del pasado.

 




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